Capítulo 27: Preparativos de la “Gay Night”

Hoy es 30 de diciembre y llega, finalmente, la “Ms. Gay Metamorphosis Aguitap 2006”. Es una fiesta organizada por un colectivo de “baklás” (palabra tagalo por designar a los homosexuales) que combina un show de singular glamour con la sensibilización y la reivindicación. Parece que ofrecen el espectáculo en las fiestas mayores de los pueblos y que lo presentan como un concurso de Miss Gay.

En la católica y conservadora Filipinas los “baklás” están socialmente aceptados con toda naturalidad y sobre ellos se hacen chistes o bromas pero sin mala leche. Otra cosa es que no vean reconocidos todos sus derechos, o que se quejen de casos de discriminación. Digamos que el filipino está perfectamente habituado a ver en cualquier parte del país, ya sea en grandes ciudades o pequeños pueblos, baklás que exhiben generosamente su condición.

 

A primera vista muchos de ellos pasarían por mujeres. Como aquí la mayoría son delgados, bajitos y de cabellos negros y lisos, con un cutis fino y poco pelo, la frontera se diluye enseguida con algo de maquillaje, uñas largas, ropa femenina y… una mirada devoradora. Muchos baklás trabajan en peluquerías. Un exótico “putí” que pasee por el mercado pase ante un “beauty parlor” o una peluquería de señoras es inevitable foco de sonrisas pícaras y, cómo no, miradas lascivas. Pero cuidado, no son peluqueras sexys las que se lo comen con los ojos, no.

Hay otro tipo de homosexuales en Filipinas, un femómeno muy curioso. Son chicos que han vivido siempre, o casi toda su vida, como si fueran chicas. No hay disfraz ni maquillaje exagerado. Simplemente, actúan como si hubieran nacido chicas y lo más sorprendente es que, con un simple peinado y una manera sutil de comportarse, consiguen diluir barreras.

Acostumbran a emplearse en trabajos domésticos en las casas. Se sienten realizadas limpiando ropa, haciendo la comida, planchando o cuidando de los niños, y en este contexto son plenamente aceptadas y, a la vez, pueden proyectar su feminidad con naturalidad, sin estridencias. Comparten tareas, conversaciones y secretos con las hijas o las madres sin problemas. A menudo la propia familia acaba olvidando que en realidad son hombres. No les hace falta una operación de cambio de sexo. Los rasgos físicos filipinos propician la ambigüedad.

Recuerdo el caso de una de estas trabajadoras domésticas que venía a casa. Hablaba con una voz muy dulce, femenina, y se mantenía siempre en un discreto segundo plano. Pero el día de Fin de Año decidió dar un paso más fuera del armario provocando risas y una cierta perplejidad. Era cómo si, de golpe, el pueblo tomara conciencia del hecho que aquella jovencita delgada, delicada y servicial era un homosexual: se había calzado zapatos de tacón para ir al baile de la plaza. Un tacón bastante bajo y discreto, por cierto, pero era tacón.

 

Esta noche habrá muchos tacones y de todo tipo desfilando por la pasarela que están instalando, ya, en medio de la plaza. Han traído un equipo de música con grandes altavoces que ya suenan desde principios de la tarde, mientras están montando la escenografía con unas grandes telas de colores colgadas al viento que recuerdan aquellas escenas memorables de “Las aventuras de Priscilla en el desierto”. Los chicos que hacen los preparativos visten de calle pero se mueven de forma amanerada. Se sientan, se levantan, andan, dan indicaciones o estiran las telas con evidente ademán afeminado. Colocan plantas en diferentes puntos del escenario y, enmedio, una especie de fuente que vierte agua de una ánfora entre hojas verdes tropicales.

 

Los niños del pueblo curiosean un poco por aquí pero la mayoría están entretenidos con los últimos ensayos de la coreografía que presentan en su festival. Los bailes son esta misma tarde, bajo el porche de la plaza. Cada año hay una canción de moda que bailan los pequeños y no tan pequeños. A cada celebración acaban saliendo grupos a bailarla. En mi primera Navidad triunfaba una pegadiza melodía en tagalo, “Sex bomb”. Este año cantan algo que suena más o menos así: “Brum tarat tarat, brum tarat tarat, tarara, tarara, bum, bum, bum”.

 

No hay ningún niño o niña que no se la sepa. Quizás la han bailado trescientas veces en casa, así que mamás y papás también se la saben de memoria. La podrían bailar, incluso. La bailarán, de hecho. Al cabo de tres o cuatro días en Aguitap yo mismo la podría cantar en tagalo de cabo a rabo. El hit de la temporada tiene un componente integrador muy positivo, por tanto. Además de aplaudirles, es costumbre premiar los jóvenes artistas con gran cantidad de monedas. Tan pronto acaba la música corren a recoger su recompensa. La que recauda más (récord absoluto) es Kaila con su danza hawaiana.

 

El escenario de la Gay Night está tomando cuerpo y entonces se da un contraste chocante. Mientras los “baklás” siguen colgando cortinas meneando las caderas, un cura prepara la misa de la tarde bajo el soportal ante una docena larga, no mucho más, de feligreses, la mayoría abuelos que de vez en cuando miran de reojo a la plaza. Inalterable, el cura hace la señal de la cruz e inicia las oraciones. La música del DJ suena de fondo. Un joven feligrés hace sonar recio la campanilla. Amén.

 

 

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

 

(Capítulo 27 de un total de 44 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)
Próximas entregas: “De Miss Aguitap a… Miss Gay of Aguitap” y “Ritual de Fin de Año

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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
Esta entrada fue publicada en Aguitap, Filipinas, Ilocos Norte. Guarda el enlace permanente.

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