Capítulo 42: Excursión a Hilltop, el pueblo natal de Luz

Hemos vuelto a Manila dos días antes de nuestro vuelo a Madrid para poder ir a visitar el pueblo natal de Luz, Hilltop, una pequeña urbanización entre cerros y montañas boscosas en el término de Norzagaray (Bulacan). Yo le muestro mis reservas porque conozco las carreteras filipinas demasiado bien y creo que, estando embarazada, no le conviene moverse demasiado y menos en transporte público. Dice que Hilltop “no está muy lejos” de Manila.

Parece ser que una pareja de amigos nos llevará en coche. Son el hermano de Jinky, Jerry, y su amiga Andrea. Pero Luz ha quedado con ellos “en Fairvew”. ¿Dónde queda eso? “El SM Fairview”, me precisa. ¡Nuestro destino vuelve a pasar por el Mall! Empiezo a sufrir ataques de pánico cada vez que escucho las siglas SM (quizás por ello Luz intenta no pronunciarlas ante mí, pero es fácil pillarla). Llegamos al citado SM en una hora y quince minutos de taxi. Y todavía no hemos salido de Manila, creo. Cosas del tráfico.

 Texting

Jinky también ha venido. A estas horas el gran centro comercial ya va quedando desierto. Los cinco cenamos en la “eatery” de la planta inferior poco antes de que cierren. Las chicas no paran un instante de manipular sus móviles, enviando y recibiendo mensajes. Me fijo en que todo el rato tienen el móvil pegado a la mano y el brazo levantado en una ángulo permanente de 45 grados, incluso cuando intervienen en la conversación o cuando están comiendo. Advierto a Andrea del peligro de rampas y hago el gesto de bajarle el brazo… pero lo noto duro, como tieso. Nos reímos. Son efectos de practicar el “texting” todo el día.

Somos los últimos que quedamos en este inmenso comedor, lo cierran inmediatamente después de irnos nosotros. Al dirigirnos a la salida nos damos cuenta de que las persianas de todas las tiendas del Mall están ya bajadas. Nos despedimos de Jinky y nos subimos los otros tres al coche pero, al poco de salir, éste se queda sin batería y nos quedamos colgados en la carretera, en las afueras de Manila.

Colgados en la carretera

No es un lugar demasiado acogedor. No paran de pasar coches y la atmósfera es densa debido a la polución. La noche es muy oscura. Son las 22.25h. Jerry llama a algún amigo que vive por aquí, por suerte, y le arregla la batería. Algunas curvas y alguna cabezadita más tarde, llegamos al pueblo. Es medianoche y vamos a dormir a la única guest-house.

Al día siguiente visitamos la planta hidroeléctrica Angat de la empresa estatal National Power Corporation, que proporciona agua a todo Luzón. Aquí trabajaba el padre de Luz. Hablamos con algunos de los trabajadores, que lo recuerdan con cariño, así como algunos miembros de la comunidad de Dumagats, los nativos originarios de estas montañas. Tatay les tenía mucho respeto, “incluso los invitaba a casa a comer”, me cuenta Luz. Son los únicos que pueden ir a buscar orquídeas en lugares remotos de las laderas, y luego las intercambian por azúcar, arroz y otros alimentos básicos.

Teng (Theresa) nos lleva de aquí para allá en su coche destartalado, un viejo Toyota rojo con puertas que cierran mal y cristales que no se pueden bajar. No tiene aire acondicionado pero Rea (nickname de Andrea) nos refresca con su abanico entre risas. Después de algunas visitas más a familiares y amigos, volvemos con ellos a Manila. Al poco de salir, Teng nota que el cláxon no le funciona demasiado bien y decide parar a medio camino para que se lo arreglen. Es que en Filipinas, y sobre todo en la capital, es vital tener una buena bocina para abrirse paso entre el tránsito alocado.

Estoy cansado, tengo ganas de echar una siesta y aprovecho la parada para dar otra cabezadita. Cierro los ojos e intento relajarme en el asiento de atrás, preguntándome si tenemos mala suerte o es que es normal tener averías en este país. Me sobresalta un fuerte “bip-bip” del cláxon, que están probando. Teng ve que me ha despertado y me dice, sin ningún indicio que se trate de una de sus bromas:

– No pasa nada, podéis dormir tranquilamente mientras lo reparamos.

–  ¿?

– ¡Bip-biiiiiip! ¡Bip-biiiiiip!- No me lo puedo creer.

Instantes después, compruebo que el carácter nervioso de Teng no se suaviza sino que, al contrario, se magnifica en la carretera. Corre a toda leche por una carretera de curvas que cruza pueblecitos con sus mercados y su tráfico denso de jeepneys, tricycles, motos, carros y gente. Es el inconveniente de viajar de día. Pasamos cerca de un coche accidentado y cruzo los dedos.

 Atasco monumental

Poco nos imaginamos lo que nos espera. La entrada a Manila es un atasco y un caos de tal proporción que todo empieza a tomar forma de pesadilla. No puedo describir aquí la sensación de estar atrapado y perdido entre miles de vehículos pero todo deriva en una especie de paranoia, de locura, la peor experiencia de mi vida con el caos circulatorio de una gran ciudad. Me pregunto si esto pasa cada día o, de nuevo, nos persigue la mala suerte…

Bien, resumiendo mucho, la cosa es que en teoría Teng nos tiene que dejar en el barrio de Malate, donde está nuestro hotel. Pero… no tiene ni idea de como llegar allí. Al final decide aparcar en el barrio de Santa Mesa, bastante lejos de Malate, y subir todos a un taxi. El mero hecho de aparcar ya es otra pesadilla. Lo peor es que después, esperando con nuestras maletas junto al río de coches que fluye entre una niebla de humo, no para ningún taxi. La espera se alarga y la masa automovilística amenaza con fagocitarnos, así que aprovecho para entrar en una papelería donde también venden libros. Me llevo un volumen de gramática tagalo. Al menos saco algo positivo de todo esto.

Sin ningún taxi a la vista, subimos al primer jeepney que pasa, lleno hasta arriba. Pero el atasco es tal que al cabo de un rato bajamos y seguimos a pie porque avanzamos más rápido. Cruzamos un mercado al aire libre donde todo, absolutamente todo, es una copia pirata: CDs, vídeos, DVDs, ropa, bolsos… Me abro paso entre la gente arrastrando una maleta con ruedas y cargando un bolsa en la espalda.

 Black Nazareno en Quiapo

Nos lanzamos a lo que parece una boca de metro, donde algunos niños de la calle duermen por las escaleras. Volvemos a subir por otra salida y justo nos topamos con la iglesia de Quiapo. En este preciso momento una masa de gente impresionante está emergiendo del templo, mezclándose con el gentío que ya llena la plaza y todas las calles adyacentes. ¿La iglesia de Quiapo! Ahora caigo. ¡Aquí hay el famoso “Black Nazareno”! Una imagen a tamaño real de un Jesucristo de piel negra de rodillas con la cruz a cuestas. Lo trajeron unos frailes agustinos desde México, donde se dice que fue esculpido por un carpintero azteca.

¿Qué día es hoy? ¿Viernes? ¡Viernes! Es el día que acuden más devotos a la iglesia. Justamente hoy, tú. Qué mala suerte. Y este año que se conmemoran sus 400 años de historia. No quiero ni imaginar qué habría pasado si nos hubiéramos dejado caer por aquí en estas lamentables condiciones una semana más tarde: cada 9 de enero se celebra la procesión y la fiesta del Nazareno Negro, uno de los festivales más grandes del país…

Bien, continuamos sin taxis a la vista pero no hemos perdido ninguna maleta. Ahora subimos a un gran autobús que -¡oh, gracias Black Nazareno!-, tiene aire acondicionado. Y música. Descendemos a la altura de Padre Faura, ya más cerca del hotel, pero justo en mitad de la calle, así que hay que andar otra vez. Por suerte, ahora sí, encontramos un taxi que nos deja en un momento en la esquina del hotel. Uf…. respiramos hondo.

Ha sido una experiencia francamente estresante, sobre todo porque sufro por la salud de Luz. Pero siempre hay que mirar el lado positivo: hemos vivido con la máxima intensidad posible el legendario caos circulatorio de Manila. Pienso que las agencias de turismo de aventura lo podrían incluir en el programa, como una especie de inmersión cultural. Imprescindible: que el itinerario se realice en viernes en hora punta y pase por Quiapo.

 Cena… en el Mall

Pero aquí no acaba todo. Cuando entramos en la habituación son exactamente las 20.43h. Entonces Luz me recuerda que… esta noche ha quedado con sus amigos, para  una cena de despedida.

– ¿Esta noche? ¿A qué hora?

– A las nueve y media.

– ¡ !

Creo de verdad, llegados a este punto, que todo esto es un montaje, una especie de “El show de Truman” pero en versión de terror-gore. Porque faltan exactamente tres cuartos de hora para encontrarse con los antiguos compañeros de clase y, atención al detalle:
– ¿En qué sitio habéis quedado? ¿Aquí abajo?

– No, en el Mall of Asia.

– ¿¡Quéeeee!?

En el Mall of Asia, sí. No es ninguna broma. Lo más fuerte es que algunos de los chicos, como Jinky, ya están allí ahora mismo, mientras que Teng y Rea se esperan en el vestíbulo de nuestro hotel. Desde hace una hora, por cierto.

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 42 de un total de 44 capítulos del libro, que publicaré hasta enero de 2012)
Próximas entregas: Cena de ex-compañeros de clase en el Chow King y El regreso (con bagoong)

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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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