Capítulo 21: La «hiya», la vergüenza filipina

La «hiya» (o «shame», en inglés) es un sentimiento profundamente arraigado entre los filipinos que comporta, sobre todo, mucha incomodidad y por lo tanto hay que evitarlo por encima de todo. Se puede sentir «hiya» ante muchas situaciones. A una chica que se cuele en la cola del banco sin darse cuenta de ello, o que se siente en una silla ocupada, le sobrevendrá un pequeño ataque de «hiya». Se pondrá la mano en la boca y dirá «sorry, I’m embarassed» (no quiere decir que esté embarazada sino que se encuentra en una situación incómoda, es decir, embarazosa). Estos momentos abundan; no tienen excesiva trascendencia.

Pero en otros casos pueden involucrar gravemente a la familia ya que la «hiya», en definitiva, es la sensación de haber transgredido alguno de los importantes valores que rigen la comunidad filipina, de estar en una posición social incorrecta o haber cometido alguna acción socialmente inaceptable, según resumen Alfredo y Grace Roces en su libro «Culture shock! A guide to customs and etiquette» dedicado a Filipinas. Y para un filipino es muy importante vivir en plena armonía en el seno de la comunidad. Fuera de ella, excluído o rechazado por ésta, entraría en crisis. Su vida tiene sentido pleno en tanto que miembro aceptado por la comunidad.

Todo el mundo debe sentir «hiya». Por eso, ser tildado de «walang-hiya» (literalmente, sinvergüenza) es un insulto grave. Mucho más, por descontado, que «pangit» (feo).

Desde una mirada externa, en cualquier caso, a un extranjero como yo todavía le resultan chocantes algunas cosas. En un país tan católico como Filipinas se supone que tendría que ser un escándalo, por ejemplo, que una hija de 17 años se quede embarazada cuando los padres ni siquiera sospechaban que había iniciado una relación con un chico. ¡Una hija menor y embarazada fuera del matrimonio! ¡Qué ataque de «hiya!», pienso yo.

En realidad, los casos como éste, que no son precisamente raros dada la escasa promoción de los preservativos entre la juventud del país, se resuelven pasando enseguida por el altar. La imagen de la novia vestida de blanco, con ojos angelicales, aún una niña -una filipina de 18 años puede aparentar 13-, marcando barriga de siete meses en la iglesia… ¿es motivo de «hiya» para los padres delante de toda la familia? Hasta cierto punto. Lo que seguro que no es aceptable es que aquella chica y el chico que la ha dejado embarazada no se casen, por ejemplo. O peor incluso, que la adolescente se planteara abortar (algo impensable porque es ilegal en este país, como el divorcio).
La hiya, seguramente, tiene que ver también con otro rasgo muy filipino: la timidez. Antes he dicho que son simpáticos, divertidos, risueños y familiares. Pero también son extraordinariamente tímidos y reservados. Especialmente hacia un extranjero. Puede ser muy difícil llegar a establecer una conversación con cierta sustancia, sobre todo con los hombres del pueblo. Hay algunos que has visto decenas de veces y todavía no has oído su voz, si lo piensas un momento. Se limitan a comunicarse con una sonrisa y un gesto muy filipino consistente en alzar las cejas y abrir un poco los ojos (señal de asentimiento, de saludo o de agradecimiento: vale para todo).

La timidez de los hombres de Aguitap empieza a romperse cuando me siento a la mesa de los bebedores y comparto un vaso con ellos. Se alegran mucho con este gesto de integración, brindan conmigo efusivamente (y repetidamente) y hay posibilidades de que surja algún tipo de conversación. No es ninguna garantía pero seguro que, como mínimo, hemos causado una impresión positiva.

Sí, podría concluir que los filipinos son tímidos. También estaríamos de acuerdo en que muy a menudo no se atreven a decir directamente lo que piensan. Eso comporta una parte buena de sabia diplomacia, prudencia y discreción. El lado malo es que puede provocar algún malentendido. Pero vaya, eso daría para mucho y ahora no es el momento…

 

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 21 de un total de 44 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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