Capítulo 19: Regalos

Todo el mundo sabe que un balikbayan, un emigrante filipino que regresa a la patria, llega con cajas llenas de cosas. Los familiares no pierden tiempo y se acercan enseguida a ver qué les ha tocado este año. Se espera que la balikbayan haya tenido memoria y no se haya olvidado de aquella tía que, cuando la balikbayan era pequeña, le había cambiado los pañales. Todas las tías tienen algo que recordar a su sobrina de tiempo atrás, todos aquellos momentos compartidos, aquellos veranos en el pueblo, etc.

Los primeros días, pues, Luz tendrá bastante trabajo en repartir. Hay muchas cosas que ya están adjudicadas desde un buen principio y sólo hay que esperar que la persona destinataria se pase un día por casa a buscarlas. Una botella de vino, aceite de oliva, unos sujetadores, champú, crema hidratante, lo que sea. En general es mejor realizar la entrega con discreción, para no despertar envidia.

Los donativos se traducen en fuertes abrazos y besos, porque este bonito gesto no deja de fortalecer los vínculos familiares. Aunque en alguna ocasión -todo hay que decirlo- puede ser que alguien esperara más de la cuenta. Las tensiones son inevitables. Y es aquí cuando entra en juego Nanay. La tía o prima en cuestión presionará a Nanay para que convenza a su hija de que alguna botella más o unos cuantos billetes en metálico acabarían de dejarla plenamente satisfecha. Que es lo que se merece, por supuesto.

Y aquí es cuando Luz empieza a ponerse nerviosa. Es el comienzo de lo que estallará dentro de unos días: el rechazo que ella misma experimentará hacia algunas costumbres de su tierra y que ella ya no siente como suyas. En otras palabras, empezará a estar cansada de tantas obligaciones. ¿¡»Ves, ahora, por qué yo nunca podré ahorrar en toda mi vida!?, exclama, recordando lo que ya tuvo que pagar por el billete de avión para estar aquí en estas fechas.

El ritual de los donativos en efectivo es el más curioso. La balikbayan sabe que con ciertos parientes tiene esta obligación. Cada uno de estos familiares espera unos billetes en función de su parentesco y de la intensidad de los vínculos que les han unido. Por ejemplo, hay casos en que no hay propiamente vínculos de sangre pero se puede decir que alguien ha ejercido de padre o tutor en algún momento de su infancia. No son raros los vecinos o parientes lejanos que tienen un puesto preeminente en la familia porque «me crió en su casa como a una hija».

Decidir la cantidad exacta de pesos que se da a cada uno no es fácil. Es muy útil elaborar una lista exhaustiva en una libreta y apuntar al lado de cada nombre una cifra. Eso comporta tener que jerarquizar, y aquí entran en juego las emociones y la conciencia. Finalmente se suma todo y se comprueba que no exceda del presupuesto. Si así es, habrá que revisar todos los cálculos de nuevo pero a la baja. Una vez cerrado el tema, sólo hay que entregar el paquete de euros al pariente que trabaja en el banco para que nos lo canjee todo por pesos en billetes nuevos y de cantidades diversas. Los pequeños de 100 y 20 pesos irán bien para los niños, por ejemplo.

La primera vez que contemplé aquellos fajos de billetes sobre la cama y me di cuenta de que no jugaba al Monopoly, llegué a la conclusión de que la vida del balikbayan es dura de verdad. Más que nada, por el trabajo que conlleva. «Es mejor que los billetes sean nuevos», justifica Luz, mientras los cuenta y los va poniendo dentro de distintos sobres. Claro, tienen su lógica que sean nuevos: son un regalo.

Por último, siempre queda la posibilidad de ir algún día al «Mall» con las tías, primas o sobrinas que queden aún para satisfacer y se deja que ellas mismas escojan alguna pieza de ropa o unos zapatos que les gusten, que Luz se los pagará con mucho gusto.

 

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 19 de un total de 44 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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