Capítulo 18: Carols y aguinaldos

En este pueblecito del norte de Luzón y con temperaturas veraniegas, uno puede acabar olvidando que es Navidad. Por si acaso, pequeñas corales de villancicos aparecen de vez en cuando frente a la puerta y, sin pedir pemiso, empiezan a cantar canciones típicas de la época, todas en inglés (Jingle Bells, Silent night, Come all ye faithful o Joy to the world, por ejemplo).

También incluyen una en tagalo, «Ang Pasko ay Sumapit» (La Navidad ya está aquí). Antes de que canten muchas enseguida aparece alguien de la casa y les da una propina. El esperado «aguinaldo». Unas cuantas monedas. En el momento en que el líder del grupo ya tiene el dinero en mano, se acostumbra a pasar con diligencia a la despedida con la melodía de «We wish you a Merry Christmas» o cantando «Thank you, thank you…».

Al principio tiene gracia. Piensas: ¡»Sí que viven intensamente la Navidad, aquí! ¡Con música y sentimiento, no con consumismo!» Hay grupos de niños, que son los más simpáticos, que aprovechan esta época para construirse instrumentos con materiales de desecho. Por ejemplo, cogen chapas de Coca-Cola, las chafan con piedras, las atraviesan con un alambre y ya tienen un acompañamiento de percusión. También hay grupos de cantores que, digamos, ya dejaron atrás la infancia hace un montón de años. Éstos se acompañan a veces de una guitarra, una pandereta o un tambor de considerables dimensiones.

Es mi segunda Navidad en Filipinas y tengo una cierta impresión de que el nivel va bajando. Yo diría que, en términos globales, se desafina más. Algunos desafinan tanto que llegan a molestar. Tampoco ayuda a que el repertorio esté bastante uniformizado: todos cantan los mismos villancicos en cada casa. Y antes de que se planten en tu puerta es probable que los hayas oído cantar en casa del vecino.

La madre de Luz, Nanay (palabra en tagalo para referirse a las madres, en vez de por su nombre propio) siempre tiene a punto unas monedas para los cantores. Al principio me gustaba. Yo salía a escucharlos y a darles también alguna propina. Aprovechaba para pedirles otra canción, diferente de las habituales. Alguna en tagalo, quizás. Se miraban con cara de duda e impotencia… Parece que sólo habían ensayado tres temas. Mejor no insistir: si desafinan con una canción que han ensayado, improvisar otra puede tener efectos desastrosos.

Ahora me escondo detrás del sofá. Hay que ser rápido porque las puertas y ventanas están abiertas y te ven enseguida. Bajo la cabeza y no muevo un pelo hasta que se han ido. Si en aquel momento no está Nanay y me ven, me tocaría a mí rascarme el bolsillo. Y a ver, eso de las «carols» se está convirtiendo en un negocio, una actividad puramente recaudatoria…

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 18 de un total de 44 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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