Capítulo 13: Vida familiar

Nika llega del cole en tricycle

Uno de los grandes problemas que tuvieron los españoles para colonizar Filipinas fue la fragmentación geográfica. ¿¡Cómo dominar un país asiático formado por 7.107 islas con los medios del siglo XVI!? Pero es que la fragmentación también era social. Los filipinos vivían y todavía viven en «barangays», unas agrupaciones de casas más pequeñas que un pueblo o un barrio de un «municipio» pero con entidad propia. En la zona de la municipalidad de Solsona, por ejemplo, hay 22 barangays. Uno de ellos es Aguitap. Otros de la zona son Capurictan, Darasdas, Puttao o, atención, algunos con nombres que nos resultan conocidos: San Juan, San Julian, Santa Ana y… ¡Barcelona!

También es verdad que la existencia de tantos miles de barangays, algunos de ellos en zonas verdaderamente remotas, dificultó la organización de un movimiento unitario contra el ocupante. Es más, los españoles incentivaron las rivalidades ya existentes entre barangays vecinos, como por ejemplo consiguiendo aliados y enfrentándolos a otros. Se cree que, etimológicamente, “barangay” hace referencia a unas barcas utilizadas por diferentes pueblos de esta zona de Asia para emigrar y comerciar. Encajaría con el hecho de que los filipinos son una mezcla de razas provenientes de Malasia, Indonesia y Borneo.

Ha pasado mucho tiempo de todo aquello y hoy día un barangay es una identidad basada en unas pocas familias o clanes. No deja de fascinarme el carácter peculiar del barangay de Aguitap. La primera impresión que tiene un extraño es que todos son parientes. No se equivoca mucho. A cada paso Luz saluda a alguien que resulta ser un «primo», un «tío» o un «tío de…». Una rápida ojeada al censo revelaría que los cerca de 900 habitantes de Aguitap se reparten en sólo un puñado de apellidos: Valdés, Paguirigan, Gaño, Balintona, Marzán…

 Clanes y apellidos españoles

Llama la atención la abundancia de apellidos españoles en el país. Se ve que fueron adoptados por un decreto de Narciso de Clavería, entonces Gobernador y Capitán General de Filipinas. En alguna parte he leído que los apellidos se habrían adjudicado en función del lugar de residencia y por orden alfabético. Se convirtieron en un indicativo de la procedencia geográfica, pues, más que del parentesco. En otras palabras, en una matrícula.

Sea como fuere, en Aguitap todo el mundo se conoce, eso es seguro. Se respira una paz y una armonía dentro de un clima de buena convivencia, de vecinos que viven con las puertas de casa siempre abiertas. Cuando hay alguna fiesta o celebración, todo el mundo se moviliza y participa activamente en las diferentes tareas.

Aguitap está rodeado de campos de arroz que aportan un verdor relajante al entorno. Al fondo se ve el perfil de una cadena montañosa que explica la abundancia de agua potable en el pueblo, uno de los bienes más apreciados. Unos pequeños canales de agua atraviesan los campos y hacen posible los riegos pero también cruzan el centro del barangay. Es habitual encontrar a gente, sobre todo mujeres o niños, lavando allí la ropa, la vajilla o tomando un baño ellos mismos. Tienen agua corriente en su casa pero «les gusta venir aquí porque este agua es muy buena para lavar y bañarse», me explican. Directa de las montañas.

La casa es la unidad básica del barangay. El tamaño, el diseño y la decoración de la casa dice mucho de la familia que habita en el interior. Y es importante sentirse a gusto porque pasan ahí muchas horas y continuamente hay visitas. Antiguamente las casas de Aguitap, y de la región en general, eran de madera y se construían sobre pilares que aislaban el piso habitable de las periódicas inundaciones. La parte de abajo se reservaba únicamente para guardar el ganado, como cerdos, cabras o aves. En la estación de los monzones no era extraño que el río se desbordara. Todavía lo hace, a veces, a pesar del refuerzo de hormigón en las orillas que construyó el gobierno. El tipo de construcción con materiales naturales permitía que en la casa pudiera repararse sin problemas cualquier desperfecto causado por tifones y terremotos.

Las ventanas de estas viviendas tradicionales, llamadas «nipa hut», son correderas y están realizadas en tiras de madera que forman pequeños cuadrados. El espacio vacío de estos cuadrados no se cubre con cristal sino con un material que recuerda desde lejos el color del nácar pero en realidad son conchas de pequeños moluscos, el «capiz shell», o conchas de Capiz (una zona de Filipinas famosa por sus productos del mar). Este material no es transparente, preserva la intimidad, pero deja pasar un poco de luz. Y siempre se puede correr más o menos la parte central de la ventana, proporcionando una climatización natural.

En tagalo, casa es «bahay». Y no deja de ser curioso que se parezca tanto a «buhay» (vida). O que la palabra tagalo para describir el útero sea «bahay-bata» (literalmente, casa de niño). Muchos filipinos -Luz, por ejemplo- pueden contar que nacieron en casa con la única ayuda de una comadrona.

Ahora quedan muy pocas de estas casas. Y las que se mantienen en pie en Aguitap han sido reformadas con una nueva construcción de cemento en la planta baja, así que conservan el piso de madera superior, con las ventanas tradicionales. La mayoría de los hogares ya son al estilo, podríamos decir, occidental. Pero con un cierto toque norteamericano ‘kitch’ de California o Hawai.

La mayoría de habitantes de Aguitap que emigraron está ahora en Canadá, España, Hawai o Australia. A los emigrantes filipinos les llaman “balikbayans». Se supone que los balikbayans ganan dinero en el extranjero y después vuelven a ayudar a sus familias. Más allá de eso, incluso, la comunidad espera que los balikbayans aporten fondos para sus proyectos (escuelas, bibliotecas, material agrícola, campos de baloncesto…) o para pagar los gastos de las celebraciones del momento. En ese caso el gesto quedará inmortalizado para la posteridad: “Donated by…”.
Huelga decir que la ayuda principal de los balikabayans va a parar a la construcción de una casa. Puede representar un largo proceso acabarla del todo pero normalmente no se ahorra dinero en ello. Para un filipino que vive en Europa o en los Estados Unidos, la mano de obra en su país resulta muy barata. A veces traen materiales de fuera, como baldosas, mármoles o madera. Acostumbran a tener un primer piso como mínimo, para poder hacer unas cuantas habitaciones más que estarán a disposición de los familiares venidos de lejos. Por Navidad, concretamente, siempre vienen parientes a quedarse unos días, a veces con muy poca prisa.

El enigma de las dos cocinas

Uno de los grandes enigmas de las casas filipinas, al menos de las que he visto en Aguitap, es que cuentan con dos cocinas. Es casi una norma. Pueden tener los lavabos pequeños, algunos minúsculos, pero siempre hay espacio para construir dos cocinas, y no precisamente pequeñas. Una es la que está a la vista de los visitantes, a menudo integrada en el comedor, mientras que la otra está más escondida y acostumbra a tener una salida al patio de atrás.

Son la cocina «limpia» y la cocina «sucia», para entendernos. Donde se cocina de verdad es en la segunda. A ésta última acceden únicamente los familiares y visitas de confianza. Como tal, he descubierto otra costumbre curiosa, por cierto. El horno se utiliza como armario para almacenar ollas, cazuelas, sartenes… o comida ya guisada y que ha sobrado. Comida que no cabe en la nevera (siempre llena) pero que se puede conservar un par de días a temperatura ambiente. Hay que tener en cuenta este detalle porque si el visitante se ofrece un día a preparar algún plato de su país al horno y observa unas miradas de reojo y un repentino silencio a su alrededor… ya sabe por qué es. El horno sólo lo abre la ama de casa.

Aparte de la particularidad de la doble cocina, la calidad y el gusto de los acabados de las casas sorprenden y pueden parecer excesivos para un forastero si se tiene en cuenta el entorno rural. Ciertas cortinas, muebles de madera, terrazas de mármol, barandas, cocinas, sofás, relojes de péndulo, vitrinas para la cristalería y, evidentemente, pantallas gigantes de televisión y equipos de música pueden crear un contraste con la imagen bucólica del campo de arroz con un solitario kalabaw paciendo.

Todo es obra de los balikbayans, quienes disfrutarán de estas mansiones en calidad de segundas residencias -allí donde viven costarían muchos miles de euros- cuando vengan a visitar a sus parientes cada uno, dos o tres años. Y cuando estén tomando una cerveza San Miguel con un aperitivo en la flamante terraza de mármol que ellos han pagado con su sueldo de camarero o cocinero durante los últimos años, seguramente pensarán, un momento u otro, que aquí la calidad de vida es mejor que en Madrid, Toronto o Sydney.

Las plantas y las flores son el otro gran atractivo de Aguitap. Las hay por todas partes. Es el privilegio de tener agua. Y en medio de tanta vegetación campan las gallinas. Los gallos, entrenados para luchar, viven sus días atados a una pata, resguardados de miradas ajenas, ya que que son la gran inversión de la familia. Mientras esperan el día de la lucha final, viven en un hotel de cinco estrellas, alimentados y entrenados con mucho esmero por sus propietarios que, según se cuenta por lo bajo, en caso de incendio primero salvarían a sus gallos y después, si hay tiempo, a la mujer y los niños.

Es que el ‘cock-fighting’ mueve mucho dinero. Y muchas pasiones, sin duda.

En la mayoría de casas se crían cerdos, cabras, alguna vaca y gallinas. También se ha construído una pequeña piscifactoría para criar la famosa y deliciosa tilapia filipina. Los perros ladran por aquí y por allá, como en cualquier pueblo, y los niños pasean en bicicleta sin miedo a que les atropelle alguien porque aquí los únicos vehículos que entran y salen del barangay son trycicles y jeepneys que se utilizan como transporte puntual para ir a la ciudad.

Grupitos de niños juegan en el canal de agua, en el río o en la plaza. Los jóvenes estudian fuera, en la ciudad, y si descontamos a los que han ido emigrando al extranjero y que sólo vuelven por vacaciones, la mayoría aquí son gente mayor. A veces originarios de otro lugar pero que se han jubilado aquí, como es el caso de los padres de Luz. Un par o tres de casas han abierto pequeñas tiendas con artículos de primera necesidad. Bebidas, golosinas, café, azúcar, jabón…

La parte más importante de Aguitap, sin embargo, es la plaza. La plaza hace también las funciones de pista de baloncesto, con sus canastas y las líneas del campo pintadas en el suelo. Aquí se celebra de todo: partidos, comidas, bailes, homenajes, fiestas… La plaza está rodeada de casas y un edificio municipal en el que la estancia superior se ha habilitado como biblioteca gracias a la donación de un personaje local. Abajo hay un p
orche con una pequeña tarima que sirve para los habituales concursos infantiles de baile (cada año hay un “hit” que se baila hasta la saciedad) y también para celebrar oficios religiosos.

En este pueblecito armonioso, donde la gente se saluda con una afectuosa sonrisa, pasa el tiempo con parsimonia. Muy despacio, de hecho.

Antes de meternos en la cama, salgo al balcón-terraza de la parte posterior y respiro el aroma de los campos de arroz, bañados por la luz de la luna y mecidos por una brisa amable, benefactora. La vaca continúa en su lugar de siempre. Los perros ladran. El ventilador mitiga el calor de la habitación.

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 14 de un total de 45 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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