Capítulo 8: Primer día en Manila: the mall

En condiciones normales, lo más lógico sería aprovechar la breve estancia en Manila para hacer alguna visita de interés. Intramuros es un lugar muy significativo. La ciudad amurallada cerca del río Pasig es uno de los grandes testimonios en piedra de la colonización española. En esta ciudad en miniatura se encuentra el fuerte Santiago, la Catedral de Manila, la iglesia de San Agustín o un puñado de lujosas casas coloniales donde, a partir de 1571, año de la creación de Intramuros, se alojarían las clases dirigentes y las familias acomodadas, bien alejadas del pueblo.

Fue una idea de Miguel López de Legazpi, pero con poca fortuna: británicos, norteamericanos y japoneses no tuvieron ningún problema en invadir sucesivamente Manila sin tener que sudar mucho. Y es que las colonizaciones españolas siempre han tenido mucho que desear. Al final de la Segunda Guerra Mundial todo acabó bajo una lluvia de bombas niponas y americanas, que en la batalla final entre ellos no dudaban en dinamitar cualquier edificio sospechoso de acoger al enemigo. Miles de civiles filipinos pagaron la factura con su vida.

José Rizal

De Intramuros, que periódicamente ya había sufrido los efectos destructivos de terremotos e incendios, quedó poca cosa más aparte de los muros. Pero todavía vale la pena visitarlo. Además, en el fuerte hay ahora un centro creado en memoria del héroe nacional filipino, José Rizal, ejecutado por los españoles en 1896. Rizal era médico, novelista, poeta, escultor, pintor y naturalista políglota. Aspiraba a la libertad de su pueblo pero no a cualquier precio: insistía en que antes había otra prioridad, la educación. Para los españoles era un peligroso separatista de piel oscura.

En condiciones normales, decía, el primer impulso es ir a Intramuros a evocar la historia, por muy oscura que sea. Pero yo viajo con Luz y hoy tenemos la compañía de unos familiares, así que no hay duda de cuál será el destino de nuestra primera visita: el «mall». Hoy practicaremos el «malling», el gran deporte filipino.

«Malling»

Un «mall» es un gran centro comercial. Muy grande. Cuánto más, mejor. No hacen falta muchos días para descubrir que en Filipinas el «mall» es el verdadero centro de ocio, el punto de encuentro y el lugar donde se pasan horas y horas paseando. En vez de quedar con los amigos en una cafetería, un pub o en una plaza, los jóvenes filipinos siempre quedan «en el mall». Y allí ya encontrarán todo lo que puedan necesitar para pasar el rato: cafeterías, pubs, plazas, cines, tiendas, peluquerías, videoclubes, pistas de patinaje, auto-choques…

La costumbre de ir al “mall” está realmente tan extendida y es tan habitual que ha dado lugar a un verbo: «malling». «Malling» es todo un concepto, una forma de vida y de ocio que sólo puede entenderse desde el punto de vista filipino. Hay que prestar atención al hecho de que una cosa es el «shopping» y otra el «malling». Este segundo deporte no implica necesariamente comprar. De hecho, muchos visitantes del «mall» no tienen presupuesto suficiente más allá de un helado, una Coca-Cola y un pica-pica. «Malling» está al alcance de cualquiera porque se refiere a, por encima de todo, mirar. El aire acondicionado te hace olvidar la realidad que te espera allí afuera, mientras dentro todo es un mundo de marcas conocidas, de luces, de música y entretenimiento.

Y es que en el “mall” se organizan actuaciones musicales, karaokes, concursos de todo tipo, actos promocionales variopintos y, en general, cualquier actividad que haga detener a los visitantes por un momento en alguna de las plazas interiores del “mall”. Cuando la gente pasa por el detector de metales de la entrada de un “mall” y se deja registrar por el guardia de seguridad junto a un cartel donde pone «Please, deposit your firearms here» (por favor, deje sus armas de fuego aquí), no es para quedarse sólo diez minutos. Es para pasar un buen rato. Una tarde o un día entero, por ejemplo.

Muchas parejas han tenido su primera cita en el “mall”. Y la segunda, y la tercera… Cuando un grupo de amigos queda para ir a cenar, el punto de encuentro está casi siempre en el “mall”. Y eso no quiere decir, necesariamente, que se queden a comer allí. Una vez lleguen todos -a veces eso lleva tiempo, porque siempre hay alguien que ha quedado atrapado en algún atasco- saldrán hacia el restaurante escogido. Si algún amigo tiene coche, tendrán que pasar antes por el aparcamiento del “mall” a buscarlo, dónde lo habrá dejado antes. Es muy poco habitual quedar directamente en el restaurante.

Todos los filipinos reconocen que practican el «malling», así como los otros tres deportes nacionales: «texting» (enviar mensajes SMS), el karaoke y… «eating» (comer).

Lost in the mall

A mí no me gusta mucho ir de compras, la verdad. Lo hago por necesidad, no por placer. Con una mujer filipina (y cualquier mujer, de hecho), eso es fuente inevitable de conflictos. Así que, una vez en Manila, cambio de chip y me armo de paciencia. Intento controlar la sensación de angustia, de pérdida de tiempo. No hay más opción.

Lo he llevado bastante bien hasta ahora pero hoy sucede algo terrorífico, escalofriante, algo que nunca había imaginado que pudiera sucederme dentro del “mall” y que me hace temblar sólo de recordarlo. De repente me doy cuenta de que, oh Dios mío, he perdido de vista a Luz, la prima y las dos niñas que caminaban delante de mí. Han desaparecido. Echo un rápido vistazo a las tiendas de los alrededores pero nada, no están.
Intento calmarme. Sigo buscando pero sin andar mucho porque podrían haberse quedado atrás y todavía sería peor.

Pero también podría ser que hubieran continuado avanzando, confiadas, y ahora mismo estén ya bastante lejos, perdidas en la marea humana del “mall”. Ah, me parece que he visto a Luz de espaldas mirando unos pantalones… pero no, no es ella. Se parecía mucho. Miro al otro lado y, ahora sí, por suerte reconozco su pelo negro y liso hasta media espalda, vestida con la camiseta roja y negra… Vaya, parecía realmente ella pero cuando se ha dado la vuelta…
Ahora mismo empiezo a dudar del color de la camiseta que lleva. Me estoy mareando. Estoy perdido en un centro comercial tres veces mayor que cualquier Corte Inglés y no puedo llamar al móvil de Luz. Glups, y empiezo a darme cuenta de un detalle inquietante, del cual no era consciente hasta ahora porque en mi país eso no era relevante. Y es que todas las chicas filipinas… se parecen. Todas llevan el mismo peinado, tienen una estatura parecida y … ¡hay muchas! Yo que pensaba que tenía una mujer «diferente», fácil de localizar con una simple ojeada en el supermercado, acabo descubriendo que, bien, todo es relativo en esta vida.

– ¿Dónde te habías metido? -me suelta Luz. Finalmente ha aparecido. Respiro profundamente.

Continuamos la visita, llena de contrastes. Veo a una castañera, una especie de híbrido entre la tradicional paradita callejera de Todos los Santos -tiene una balanza de las de antes y utiliza bolsas de papel- y una franquicia de ‘fast-food’. «R.T.A. Castañas at the nest. Mandaring trading», dice el letrero.

Castañas, chili mango y… Louis Vuitton

Un puesto de «Thai Specialities», con golosinas como «chili mango» (mango picante), tomate, guava (guayaba), «papaya kiamoy» o «squid strips» (tiras de calamar). Una máquina de pintar uñas: metes el dedo en un pequeño agujero y, después de introducir unas monedas, la máquina te estampa en la uña el diseño de colores que has escogido o que tú mismo has diseñado antes.

La sección de productos de marca falsificados o imitaciones, sobre todo bolsos, piezas de ropa y relojes: el glamour de las mejores marcas a precios de ‘top manta’. Luz se lo pasa muy bien. Siempre cae algún bolso.

Unas grandes pancartas publicitarias de la compañía de telefonía móvil Sun Cellular anuncian una «unbelievable offer» (oferta increíble) consistente en «tres teléfonos, tres líneas» por no sé cuántos pesos. Se oye música por todas partes.
– Do you like singing? -le pregunto a una de las niñas.

– I like eating -contesta sin pensárselo.

– It’s obvious -interviene ahora su tía con una sonrisa, mirando la figura regordeta de la pequeña, como si estuviera orgullosa de sus precoces michelines.

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 8 de un total de 45 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)
Próximas entregas: «La caja maldita» y «Hacia el pueblo, por fin«

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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2 respuestas a Capítulo 8: Primer día en Manila: the mall

  1. Carles, ara que sé que el mes interessant de Filipinas es el Mall, mmm, no sé si hi aniré. Veig que escrius en castella tan be com en català. ESpero qe vagis avançant en capítols i ak final… editaràs el llibre?
    BON NADAL

    • Vaja, ja tinc un lector! Gràcies pel comentari! Doncs a veure si algun editor descobreix que Filipines és un tema super interessant que farà furor a les llibreries. Jo editaria la versió en tagal i el vendria a tots els malls de Filipines Bon Nadal, Maligayan Pasko

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