Capítulo 7: Los tres enemigos de Filipinas

Karaoke en la isla de Bohol (Visayas)

No, no hablo de los colonizadores españoles (“350 años de convento”), ni de los imperialistas norteamericanos (“50 años de Hollywood”) ni tampoco de los japoneses que violaron y segaron cuellos de miles de personas antes de huir del país por patas sembrando sangre, destrucción y odio. Los tres grandes enemigos actuales de la República de Filipinas son, a día de hoy, y según mi atenta observación desde un riguroso punto de vista antropológico y sociológico, los siguientes: la luz del sol, el calor y el silencio.

Después de cuatro viajes al país de mi mujer y haber sufrido en carne propia los aires acondicionados y las músicas azucaradas de restaurantes, hoteles, cafeterías, taxis y otros espacios cerrados, puedo afirmar sin ningún tipo de duda que éstas son las principales fuerzas contra las cuales los filipinos luchan cada día con todos los medios a su alcance. Lo certifico científicamente desde esta cafetería del hotel donde pasaremos la primera noche y donde, por cierto, todavía no ha hecho acto de presencia Scarlet Johansson.

Las cortinas opacas, los cristales oscuros, el aire acondicionado y las canciones de amor (en inglés o tagalo, todas se parecen) son un bien indispensable para cualquier cafetería, restaurante, habitación de hotel, agencia de viajes, banco, oficina de correos, etc. que no quiera quedar excluido de la modernidad.

Cristales oscuros y aire acondicionado

Las ventanas de los coches son tan oscuras que a pleno mediodía parece que ya sea el atardecer. Es como ir siempre con gafas de sol. O vivir permanentemente con la sensación de que es hora de acostarse. ¿”Qué, vamos a cenar”?, comentas tú mirando desde la ventana del taxi las luces de neón de la zona de Ermita y Malate, en Manila, de camino al hotel. “Huy, si aún son las siete de la tarde”. Bajas la ventanilla y es de día. Un día caluroso, por lo que se percibe de repente.

Los taxis son la máquina mejor equipada para esta batalla diaria. Ponen el aire acondicionado del coche a extremos inimaginables. Para mí resulta incomprensible cómo los taxistas pueden aguantar las temperaturas árticas de su climatizador en manga corta y manteniendo la misma sonrisa. A veces el choque térmico es tan fuerte que me atrevo a pedir al conductor que baje la potencia del aparato, pero no hay nada qué hacer, obviamente. Puede ser que el aire ya no salga a tanta potencia, pero sigues pasando mucho frío. Así que ahora acostumbro a llevar encima un jersey ligero y de cuello alto para casos de emergencia como éste. Me ha ido muy bien, por otra parte, para los desayunos en la cafetería del City State Tower Hotel. Me ha salvado de más de una pulmonía.

Conductores de tricycles

Los que de veras me hacen sufrir, sin embargo, son los conductores de tricycles. Se pasan todo el día conduciendo bajo el sol y, como cualquier filipino, no los gusta tener la piel expuesta y mucho menos broncearse. Normalmente se ponen una chaqueta, un jersey o un anorak al revés, como si tuvieran que abrochárselo por la espalda, de manera que los brazos quedan cubiertos (debajo visten una camiseta o camisa de manga corta). La otra parte que acostumbran a cubrirse es la cara y la cabeza. Se ponen un pañuelo o una camiseta anudada en el cogote, y así se protegen del sol y al mismo tiempo de la contaminación. Unas gafas de sol y una gorra completan el kit.

A veces parecen una especie de beduinos motorizados, atracadores a la fuga o terroristas del Frente Moro de Liberación Nacional, pero la inmensa mayoría son buenas personas, según mis impresiones. Me permito sugerir, desde aquí, que el diseñador filipino que se invente un uniforme específico para conductores de tricycle se podría hacer de oro.

Mi teoría es que un aire acondicionado muy potente viene a ser, aquí, un símbolo de modernidad y de confort. De progreso. Cuanto más frío está el ambiente, más sofisticado debe ser el hotel y de mayor categoría los clientes que se alojan en él. El frío artificial representa el desarrollo y el poder. Y es, al fin y al cabo, una barrera que separa un mundo de ficción de la dura realidad que se respira en la calle cada día: calor húmedo y asfixiante, contaminación, ruido, pobreza… Una burbuja de frío, oscuridad y…¿silencio?.

¡Eso nunca! El silencio: el tercer adversario ambiental de primera magnitud en la cultura filipina es éste. Dudo de que el libro del doctor Corbella se haya traducido al tagalo pero yo diría que aquí hay un miedo al silencio bastante extendido. Y el silencio se llena, sobre todo, con música.

¿Karaoke en el fin del mundo?

Tú estás cenando, por ejemplo, en un apartado rincón de la isla de Palawan, considerada «the last frontier» en este archipiélago ya de por sí alejado de todo. Mientras empiezas a creer que, efectivamente, estás en el culo del mundo, lejos de la civilización, y contemplas el crepúsculo desde una solitaria terraza delante de la playa, sin rastro de turistas, con la brisa silenciosa que te trae aromas de mar, alguien pone en marcha un karaoke en medio de la noche y se pone a desafinar. Tú te preguntas: «pero, ¿hay corriente eléctrica, aquí?». Y el karaoke se encargará de contestártelo a lo largo de las próximas horas. Parecen aullidos de un lobo enfermo que llegan de la selva, quizás a varios quilómetros de distancia. Han roto definitivamente la paz y la magia que, para tí, reinaba en aquel lugar que creías perdido.

Nos ha pasado también paseando una noche cerca del mar en la preciosa White Beach de Pagudpud, en Luzón. De repente estalló la clásica sintonía de los karaokes que marcan la puntuación del que acaba de cantar. Inquirí a unos filipinos sobre el porqué de aquella obsesión por cargarse los silencios y me respondieron que, especialmente por las noches, el ruido o la música les hace sentir acompañados. Así no tienen miedo.

En aquella playa, por cierto, se desaconsejaban totalmente los baños nocturnos e, incluso, andar cerca del agua a partir de las 10 de la noche. La razón era simple. Había un tiburón (o varios tiburones, no lo sé) en la zona y parece ser que se acercaba a comer justo después del anochecer. Quizás por eso, cuando paseaban por la noche, les reconfortaba oír una voz de un borracho desafinando escandalosamente desde la oscuridad, sin señal aparente de que aquello fuera a detenerse en las próximas horas. Les hacía sentirse “acompañados”.

Ojalá el tiburón se hubiera tragado a aquel borracho, pensé yo.

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 7 de un total de 45 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)
Próximas entregas: “Primer día en Manila: The Mall” y “La caja maldita

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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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