Capítulo 6: Lost in translation

Por alguna razón desconocida, llevamos un largo rato en el hall del hotel y todavía no nos han dado la llave de nuestra habitación. Nadie nos ha ofrecido ninguna explicación de ningún tipo. Cuando hemos rellenado el formulario en la recepción tampoco nos han dado a entender en ningún momento que la habitación no estuviera a punto. Pasan los minutos y decidimos sentarnos en la cafetería, desde donde no perdemos de vista los movimientos del mostrador. Con todo, les hago notar que estamos allí, esperando, no fueran a pensar que nos hemos ido.

Al cabo de bastante tiempo sin ninguna novedad, Luz me dice que lo mejor que podemos hacer es almorzar. Son las 12.30h. Puede parecer temprano pero estamos en Filipinas. No es mala idea empezar a coger el ritmo, y comer a esta hora significa empezar a coger el ritmo.

Jet-lag con visitas

Después de almorzar, caemos en la trampa. Porque da igual que te hayas leído todos los consejos para minimizar el efecto del ‘jet-lag’. Con el estómago lleno y la llave de la habitación ya en la mano, ¿quién no habría subido a echarse un rato? Un momentito de nada, para descansar y ya está.

Un par o tres de horas más tarde mi estado ya es del todo lamentable. Justo cuando llegan las visitas… Son una prima y dos niñas (su hija y su sobrina). Me pillan con poco ánimo, francamente. A ellas les pasa justo lo contrario. Es lógico: les llega de España una parienta que hace tiempo que no ven y que, además, viene acompañada de un marido de allí. Así que quieren saber muchas cosas. ¿Cómo será? ¿Guapo? ¿Simpático? ¿Alto o bajo? Tienen un montón de preguntas y una sonrisa contenida. Te miran con avidez y curiosidad, a pesar de la timidez filipina. Están realmente emocionadas. Sobre todo las niñas, que, quizás por primera vez a su vida, tienen la oportunidad de conocer a un «putí» tan de cerca.

Un «putí» es, básicamente, un blanco. Por lo que yo he observado, lo que en Kenia es un «mzungu», en Senegal un «tubab», en Togo un «yovó», en Etiopía un «faranji», en Mozambique un «Mulungo»… en Filipinas es un «putí».

– «Putí» no significa blanco, es extranjero- me respondió Luz con vehemencia, como si le incomodara la cuestión que le había planteado en su día, al principio de nuestra relación.

– Ah, o sea que un japonés o un chino, en Filipinas, ¿también son «putís»…?- insistí yo, para tratar de acotar más el tema.

– ¡Noooo, un chino no es un «putí»!.

– ¿Por qué no?

– ¡Hombre! ¡¡Es evidente que no es un «putí»!!- exclamó. No pregunté más, el tema quedaba zanjado.

Sonrisa filipina

Las niñas me miran con los ojos pequeños y una sonrisa filipina, la fantástica sonrisa filipina. Yo estoy cansado. Intento disimularlo, por supuesto, y causar una buena impresión. Este año ya podemos comunicar oficialmente que Luz está embarazada. Eso me quita un peso de encima porque en el último viaje todo el mundo nos preguntaba con insistencia cuándo tendríamos un hijo. Estaban realmente impacientes, en algun caso puntual hasta extremos un poco desagradables. En Filipinas es normal tener hijos muy pronto. Algunas jovencitas se quedan embarazadas… incluso antes de que los padres sepan que tienen novio.

A partir de ahora, la pregunta que tenemos que soportar es: «¿Y cuántos hijos pensáis tener?”. Prohibido responder: «Con uno basta». A no ser que queramos otra vez tener problemas familiares serios.

Luz me ha dicho que les muestre nuestro álbum de boda. Ahora la prima, con unos ojos escrutadores, mira atentamente las fotografías del álbum y después me mira a mí. Y aquí empieza a crearse una situación para mí inesperada y que me deja estupefacto. La mujer me suelta, de entrada, que me ve muy delgado. Mmm…, ¿delgado? «Sí, estás muy flaco», insiste, con una mirada de sospecha, como si tuviera alguna enfermedad. Después me suelta que se me empiezan a ver muchas canas. Vaya, debe ser cosa de la edad, le comento yo. Ya que he sacado el tema de la edad, enseguida se ofrece a adivinármela. Me pone 8 o 10 más de los que tengo y no se disculpa, al contrario: no se lo acaba de creer.

El veredicto implacable se extiende ahora a mis familiares y amigos. Repasando las fotos del bodorrio, me dice que esta señora (mi madre, por cierto), se parece mucho a Barbra Streisand. ¿Eso es bueno o malo en Filipinas? Acto seguido me hace saber que uno de mis primos le recuerda mucho a un cómico de la tele. ¿No será…? ¡Se refiere a Mr.Bean! Entrados ya en este terreno, que le llame «Jesus Christ» al melenudo de Pau me suena más bien halagador (¿a que son muy católicos, aquí en Filipinas? Pues eso).

Pasando frío en Manila

Aparto la vista y miro a un lugar indefinido de aquel hotel. Cada vez me cuesta más pensar. Afuera brilla el sol pero unas cortinas gruesas y totalmente opacas impiden que la luz entre en la cafetería, donde cada vez tengo más frío. El aire acondicionado no perdona. Con este clima tropical podría estar en una bonita terraza saboreando una cervecita bien fría y celebrando que estoy en pleno verano mientras en casa, a pocos días para la Navidad, tiemblan de frío. Pero no, estoy aquí, encerrado y a pocos grados de la congelación, imaginando el sol que debe brillar en el exterior. Pensando en las islas fantásticas de palmeras, aguas turquesa y playas de arena blanca que hay por todo Filipinas y que me estoy perdiendo.

No sé por qué, pero de repente me viene a la mente la película «Lost in translation», a pesar de la escasa probabilidad de que aparezca Scarlett Johansson en la barra. ¿Y si me pidiera un whisky?

Más tarde, Luz quitará hierro a lo que a mí me parecía una burla en plena cara contándome un secreto. Según ella, lo peor que le puedes decir a un filipino no es que está delgado, ni gordo, ni avejentado. Debes llamarle «ugly», feo. Eso sí que duele, me asegura. «Ugly» (en inglés) o «pangit» (en tagalo) es un insulto considerable, según parece. Una verdadera ofensa. Es curioso, pero así ya me quedo más tranquilo.

Suerte no haberlo sabido en aquél momento, ya que, teniendo en cuenta mi estado mental confuso, igual se me habrían cruzado los cables y luego me hubiera arrepentido de soltarle a la prima:

–          Tienes una sobrina muy simpática, un poco fea pero la mar de simpática: clavadita a tí..

No, hubiera sido una broma demasiado fuerte, producto únicamente de mi mal despertar y la falta de sueño. Y la familia es sagrada, lo sé… aunque creo que el inocente dardo habría desinflado bastante el ‘jet-lag’ de este «putí» canoso, envejecido y demacrado, miembro de una familia de frikis de la tele.

 

 

 

© Texto y fotos de Carles Cascón. Todos los derechos reservados

(Capítulo 6 de un total de 45 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)
Próximas entregas: «Los tres enemigos de Filipinas» y «Primer día en Manila: the Mall«

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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