Capítulo 1: El viaje

El kalabaw, el búfalo de agua filipino

Tener a los suegros viviendo a más de 10.000 kilómetros de distancia tiene una ventaja y un inconveniente. La primera es que no tienes que cumplir con la visita obligada cada fin de semana y en festivos señalados, mirando de combinar las fechas con la familia propia. La pega es que, cuando tienes que ir a visitarles, te pasas más de veinte horas volando en avión y otras horas más sentado en variados sistemas de locomoción, de los cuales hablaré con detalle más adelante.

Tener a los suegros viviendo en un pueblecito del norte de Filipinas comporta unas cuantas cosas a tener en cuenta. Si los suegros, además, son filipinos, entra en juego lo que se conoce como “culture shock”, el choque cultural.

Éste es mi cuarto viaje al país de Luz, mi mujer, la tierra donde viven sus padres, su hermana, su cuñado, su sobrina y unos centenares más de familiares, los cuales se dividen en dos categorías generales: los primos y las primas por un lado, y los tíos y las tías por otro. En tercer término, los “sobrinos”.

Viajar a Filipinas no es sencillo. Planificar el viaje, todavía menos. Cuando uno tiene la experiencia acumulada de tres viajes anteriores puede caer en la trampa de creer que ya no tendrá que lidiar con las mismas complicaciones. Falso. La teoría se aprende rápido pero ponerla en práctica es otra historia.

Los filipinos experimentados planifican el viaje con muchos meses de antelación. Para nosotros eso todavía es una cuenta pendiente, debo admitirlo. Entre que concretamos las fechas, decidimos algo y nos ponemos a ello, resulta que empezar a buscar billete a finales de septiembre para visitar a la familia por Navidad ya implica un retraso de gran consideración. Las primeras tarifas que te dan en la agencia de viajes y las webs ponen los pelos de punta: 1.500, 1.800… ¡2.500 euros!.

Crees que es un problema de fechas pero no tardas demasiado en asumir que el problema lo tienes tú. Y ahí empiezan a entrar muchos actores en juego. Tu cuñada busca billetes desde Filipinas, tu mujer los busca por internet, unos primos de tu mujer los buscan en Madrid y unos amigos de tu mujer los buscan en Barcelona. Tú también buscas billetes: en las agencias, en internet, bajo las piedras…

Después de algunas indagaciones, resulta de que a un primo de Luz, que vende billetes a los filipinos de Madrid, le queda alguna plaza de sus “cupos” (sic.) para nosotros. ¿Cupos? ¿Eso no era para dar permiso de residencia a extranjeros? Después de llamadas y mensajes SMS parece que hay plaza con KLM, vía Amsterdam, desde Barcelona. Dos días más tarde se ve que no, que no son las fechas que pedíamos, “lo miraron mal”. Si en lugar de salir desde Barcelona, en cambio, salimos desde Madrid, sí que podría ser…

Cuesta de creer, ya lo sé, pero decidimos quedarnos los billetes Madrid-Manila. Después de ingresar la paga y señal en una cuenta bancaria, confirmar la reserva, ingresar lo que falta unos días más tarde, llamadas, correos electrónicos, etc. parece ser que tenemos billete para Manila por unos 1.220 euros por cabeza (nos ha hecho un descuento por ser de la familia, gracias). De hecho, cada vez que lo llamo al móvil, y no comunica, me saluda con un efusivo “¡hola primo!”. Empiezo a pensar que eso puede tener un doble sentido.

Como el vuelo de Madrid a Manila, vía Amsterdam y Hong Kong, es a las 10.30h del viernes 22 de diciembre, volaremos el día antes a Madrid y pasaremos la noche… en casa de algún primo, en principio. O sea que la cosa, de momento, se resume así: saldremos el jueves 21 de diciembre por la noche de Barcelona y llegaremos a Manila el sábado 23 de diciembre por la mañana (hora filipina).

Siguiente problema a resolver: cuando uno va a Filipinas acostumbra a ir cargado y para el trayecto Barcelona-Madrid tenemos un máximo permitido de 20 kg. Solución: unos primos comprarán los regalos en Madrid y los empaquetarán debidamente (así lo espero).

Pero eso vendrá después. Ahora todavía estamos con el tema del avión. Después de unas 22 o 23 horas volando (sin contar el viaje Barcelona-Madrid), una vez lleguemos a Manila el viaje no se habrá acabado. El problema es que los padres de Luz no viven en la capital. Se jubilaron en un pequeño pueblo de la provincia de Ilocos Norte, en el norte de la isla de Luzón.

Solsona, Ilocos Norte

Lo que hace todo el mundo es viajar en autocar de Manila a Laoag, a unos 488 kilómetros al norte. Cuando preguntas cuánto se tarda a hacer este camino por carretera te dicen unas siete horas pero es una vil mentira, ahora puedo asegurar que son 12 o 13, si viajas de día. Las he contado. La autovía es lo bastante buena hasta Vigan, a unos 408 quilómetros de Manila. Después se sigue hasta Laoag y allí se coge un ‘jeepney’, el típico transporte público filipino (vehículos heredados de los norteamericanos después de la Segunda Guerra Mundial y pasados debidamente por el ‘tunning’ local multicolor), que nos lleva hasta Solsona (sí, Solsona igual que la población catalana). Son unos 45 minutos de trayecto. Allí bajamos y buscamos un ‘tricycle’, el otro transporte típico (un sidecar que se utiliza como taxi y que en inglés se pronuncia “traisikel). Metidos en el ‘tricycle’ con todos los paquetes (a veces hacen falta dos ‘tricycles’), nos queda un agradable paseo por una carretera secundaria desde donde, al cabo de pocos minutos, tomamos un camino a la derecha en dirección a Aguitap, una pequeña urbanización en el campo o pequeño pueblo (barangay, en lengua tagalo). Cruzamos campos de arroz de un verde intenso por donde emergen de vez en cuando algunos ‘kalabaws’, el búfalo filipino de agua domesticado para los trabajos del campo, y, al cabo de poco, despeinados por el viento, llegamos a casa: Aguitap. Mabuhay, bienvenidos.

En resumidas cuentas, es como si un filipino cogiera un avión en Manila (después de volar desde Cebu City, por ejemplo) para venir a Castellar del Vallès y primero aterrizara en Santiago de Compostela. De allí cogería un autocar hacia Barcelona, después un minibús hasta Sabadell i de allí un sidecar hasta Castellar del Vallès. En términos de distancias y de tiempo sería, más o menos, eso.

Lo más impresionante para mí es que muchos filipinos llegan a Manila y al cabo de un par de horas ya están dentro del autocar en dirección a su pueblo, dispuestos a sumar una decena de horas más a su vuelo desde España. Nosotros primero acostumbrábamos a hacer noche en Manila para recuperar fuerzas. Después tuve la brillante idea de preguntar cuánto costaba hacer el trayecto en avión. ¡¡Sólo 40 euros por trayecto!! ¡Y yo sin saberlo! Se acabó el autocar, sí señor. Para un filipino el autocar es mejor porque le cuesta la mitad o menos que el avión. Para mí significa que el avión sólo me cuesta 20 euros más que el autocar. Y me ahorro 11 horas interminables de carretera. Los filipinos viajan por carretera de noche siempre que pueden: como hay menos tráfico, tardan dos o tres horas menos porque los autocares cruzan las ciudades más rápido, un argumento a tener muy en cuenta en Filipinas. Es el popular “night trip”.

Hay que decir, sin embargo, que otros filipinos que viven en España ya se empiezan a interesar por seguir nuestro ejemplo. ¿”Cuánto dices que vale, el billete de avión?”, nos preguntaron el año pasado.

Seguimos. Ahora sólo nos falta comprar el billete de avión de Manila a Laoag. Problema: la hermana de Luz, Didith, nos despierta con un SMS a las cuatro de la madrugada para darnos la gran noticia que todos los vuelos nacionales de aquellas fechas están llenos. Claro, es temporada navideña. ¡No puede ser! Sólo de pensar en ello siento un sudor frío.

Después de dos días más de gestiones, consigo por internet dos billetes electrónicos, el de Manila-Laoag y el de vuelta Laoag-Manila. El primero es en clase Business por el módico precio de 70 euros cada uno. Mira, por primera vez en mi vida viajaré en clase Business. Lástima que… no había plaza para el día que llegaremos a Manila, así que tendremos que pasar una noche allí. No pasa nada, lo único que tenemos que tener en cuenta es que los atascos en Manila son legendarios y que, a no ser que durmamos en el hotel de al lado del aeropuerto, tenemos que contar unas dos horas de taxi para llegar sin estrés…

 

© Texto y fotos de Carles CascónTodos los derechos reservados

 

 

(Capítulo 1 de un total de 45 capítulos del libro, que publicaré hasta principios de enero de 2012)

Próximas entregas: “El equipaje” y “Empaquetando en Madrid

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Acerca de Carles Cascón

Periodista y fotógrafo de Sabadell (Barcelona)
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2 respuestas a Capítulo 1: El viaje

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