Prefacio

Si tu pareja es filipina es muy posible que acabes pasando una Navidad en familia en Filipinas, cosa que tiene la ventaja, entre algunas otras, de celebrarla en manga corta a 30 grados y, con un poco de suerte, con una escapada a una playa de arena blanca, donde tú serás el único que se ponga al sol: todos los filipinos están bajo alguna sombra.

Pero comporta algunas singularidades. De entrada, descubres que casarte con una filipina significa que de la noche al día has ganado centenares de parientes con estrechos vínculos de por vida. Si pretendes celebrar una merienda de despedida en el pueblo invitando «sólo a la familia» el presupuesto se dispara. «Ten en cuenta que pueden venir doscientos, quizás trescientos», te dirán con toda naturalidad. Lo peor es que tienen razón.

Lo mejor es que no hay que perder tiempo ni dinero en las llamadas de rigor. «Habrá que avisarlos casa por casa», dices tú, ingenuamente, preocupado por que alguna persona importante no se entere. «Not necessary, they know,» contesta tu suegra. ¿»Ya lo saben? Pero si lo hemos decidido hoy y la merienda es mañana…».

Pues sí, lo saben. La voz corre rápidamente. Demasiado rápido, quizás, porque aparecen niños de debajo de las piedras. Gente que no has visto en tu vida. Y te das cuenta que la media docena de ollas gigantes de “pansit” (fideos típicos filipinos que no faltan en ninguna celebración: son el símbolo de una larga vida) y las cajas enteras de bebida (Coca-Cola, whisky, ginebra, cerveza) se acaban en pocos minutos. Los filipinos tienen una verdadera pasión por la comida, a cualquier hora del día.

Aguitap, Solsona (Ilocos Norte)

Bien, situémonos. Estamos en Aguitap, entre campos de arroz, en el norte de Luzón, la mayor isla de Filipinas, que tiene en total 7.107 (un filipino mejor informado me dijo una vez que ahora son 7.106: un islote pequeño se hundió). Aguitap es un «barangay», un pequeño grupo de casas fuera del municipio que ni antes salía en el mapa detallado de la zona de la guía Lonely Planet, ni sale ahora en el Google Maps.

Después de unas 20 horas de avión desde España con un par de escalas, tienes que coger un autocar desde Manila hasta Laoag (13 horas). En Laoag subes a un «jeepney» (minibús filipino tuneado multicolor) hasta Solsona (45 minutos con el trasero apretado) y de allí un «tricycle», que es en realidad un sidecar, y que te lleva por un camino a través de campos de arroz, ríos, casas… hasta Aguitap. ¿Es necesario detallar que en la cápsula del «traisikel», con todo el equipaje, estás todavía con el trasero más apretado?

Los filipinos son una gente extraordinaria. Viven intensamente los lazos familiares y están siempre abiertos al visitante, que intentarán llenar de comida tanto como puedan. Su mejor carta de presentación es una permanente sonrisa que diluye todos los males. Dicen ellos que, si hay un rasgo que los defina, es que los filipinos no se toman la vida muy en serio, empezando por ellos mismos. ¡Se ríen de sus propios problemas!

Y pienso que es, asimismo, su gran virtud. Ni los políticos corruptos que les ha tocado soportar como una maldición eterna, ni los continuos desastres naturales que les sacuden por tierra, mar y aire, ni la baja autoestima que sufren como país (quizás por la falta de una cultura propia fuerte) podrán acabar nunca con el buen humor filipino, su capacidad de trabajo y su resistencia a la adversidad.

Con humor, pues, me propuse tomarme la segunda Navidad que pasaba en Filipinas en casa de mis suegros. Y, por descontado, sin tomarme a mí mismo muy en serio.

El resultado es esta crónica, que no se propone en absoluto retratar el carácter de un país entero. Esto tiene que quedar claro desde el principio. Es, simplemente, el intento de hacer una pequeña fotografía de lo que yo he visto y vivido en un pueblecito del norte de Luzón: Aguitap.

Aunque a veces cueste de creer, no hay ni un gramo de ficción o de exageración en el relato. Está explicado tal y como sucedió, pero, eso sí, desde mi punto de vista, y a partir de todo lo que me han ido contando. Claro que, a menudo, es difícil saber exactamente qué pasa por la cabeza de un filipino. Y que éste te lo explique y tú lo entiendas, aún más.

© Text and Photos by Carles Cascón. WARNING: PUBLISHING IN PRINT OR DIGITAL MEDIA IS STRICTLY FORBIDDEN UNDER PENALTY OF LAW

Acerca de Carles Cascón

Periodista i fotògraf de Sabadell (Barcelona)
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